Friday, October 27, 2006



“Hace ciento treinta años,
después de visitar el país de las maravillas,
Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés.
Si Alicia renaciera en nuestros días,
no necesitaría atravesar ningún espejo:
le bastaría con asomarse a la ventana”
Eduardo Galeano.

Con los ojos en las legañas y con la boca en el mal aliento, me levanté por la mañana después de una larga y movida noche que me había dejado patas arriba. Un rictus de aburrimiento me dibujó la boca y parte de la nariz, de inmediato un bostezo hizo lo demás de mi rostro.
Recogí el periódico con las buenas nuevas y la leche fresca al pie de la puerta, y de refilón hojee el lácteo, sus natas y sus desventuras. Le agregué un poco de café al diario, y lo tomé con toda la calma de saber que era domingo y de no ocurrir ninguna cosa extraña, continuaría siéndolo todo el día.
La barriga decidió rascarme por unos minutos, mientras la televisión me miraba y me cambiaba de canal todo el tiempo gracias a un pequeño pero eficaz aparato. La tele se aburrió rápidamente de mí y el control remoto terminó por apagarme. El sillón estaba harto de dar forma a mi trasero, me puso de pie.
Timbré, y el teléfono me tomó de una oreja. Una voz de mujer, entre arrepentida y estúpida rogaba: “Manuel, ¿vendrás?” Le respondí que sí, y le pregunté si el tipo con el que estaba saliendo hace unos meses iba a estar. “Si tú sabes, es mi pareja y la niña le está tomando cariño, además...” El teléfono colgó. Inútil era seguir con la bocina en la mano. Me soltó.
El calendario, encerrando en un círculo rojo la fecha de hoy, gritaba el cumpleaños de mi hija Rosita en la pared. Más arriba “no olvides que le prometiste escribir el cuento del dinosaurio que vivía al revés”. El calendario había sido puntual.

Fui al baño para que el espejo me mirara. Pero renegó al hacerlo. Tuve que afeitarme y bañarme para contentarlo. El cristal volvió a mirarme y le pareció que había mejorado un poco, pero aún le desagradaba mi olor natural. El desodorante reinventó mis axilas, y un perfume barato reinventó mi piel. Una toalla me rodeó de la cintura para abajo, y me sacó de golpe hasta mi cuarto.
Una camisa, una trusa y un pantalón, me vistieron rápidamente. Era el maldito reloj de pulsera que los apuraba. El tic tac corría con zapatillas de velocistas. Una corbata comenzó a ahorcarme. Logré escapar gracias a unos zapatos que me llevaron nuevamente a la sala.
La ventana me miró, y vio las pistas cruzando sus peatones en distintas direcciones y a los postes orinando como siempre a sus perros preferidos. Una iglesia, sentada a la entrada de un pordiosero, estiraba la mano pidiendo limosnas. No había dudas, la ciudad caminaba por la calle de cabeza, el cielo era su piso. Entonces comprendí porque los borrachines y malandrines escupen y mean tanto encima de él cuando les da la gana.
Al rato, la computadora me encendió. En la pantalla se pudo ver el cuento del dinosaurio, que desde hace un par de días me venía escribiendo. De pronto, el timbre tocó a alguien insistentemente en la puerta. Como era de esperarse, la puerta me vino a abrir.
Eran unos lapiceros que vendían a una mujer obesa y de aspecto lamentable. Dije que no compraría nada, y la puerta me cerró de golpe. Después de esta abrupta y desagradable interrupción. El cuento en la computadora decidió seguir escribiéndome.
Cosas raras, todas boca abajo y patas arriba se leían allí acerca del dinosaurio. Cosas al revés, como que los ojos estaban en las legañas, y la boca en el mal aliento. Y para poder escribir estas últimas líneas tuve que dejar, por un momento, estar de cabeza.

© Pedro Félix Novoa Castillo
"Al revés, el cuento" fue finalista
en el I Certamen Literario Revista Axolotl.

Thursday, July 28, 2005




INSERTE CUATRO MONEDAS DE A SOL POR FAVOR
Introducción

Este cuento se come sin tenedor ni otro utensilio narrativo. Sólo se puede degustarlo con las manos, sintiendo el placer inequívoco de la piel al contacto con la comida. Esta es la historia de un antihéroe, un frustrado, un fracasado, y otros adjetivos dignos de un adolescente aburrido, desmotivado, pero con harta alucinación dentro de los bolsillos. Final cortazariano, o simplemente absurdo. Este cuento obtuvo una mención honrosa en el Concurso de Ciencia Ficción organizada por la injustamente fenecida FOBOS CHILENA. A continuación, lean y no se preocupen las cuatro monedas de a peso se cobraran en diferido.
Publicado en el libro "Relatos latinoamericanos de Ciencia Ficción 2004" con el título original "Inserte cuatro monedas de a peso por favor" Santiago de Chile
INSERTE CUATRO MONEDAS DE A SOL POR FAVOR
"Y aluciné, aluciné
aluciné que tenía poder".
La Sarita.
(Grupo de rock peruano)
Era las nueve de la madrugada, hacía un calor brutal que despertaría hasta al vago más salvaje del barrio. Sin estar muy convencido en ello, me levanté y descorrí las cortinas de un tirón. El sol entró violento y caliente por la ventana, como si a él también le molestara que me despierte a esa hora. “¡SOL DE MIERDA!” le insulté. Aquella mañana me sentía, con el atrevimiento de injuriar a cualquier astro.
Entré sonámbulo a la ducha, sentí el agua helada e hiriente como siempre. Cada chorro caía como cachetadas en mi pecho, y puñetazos en la frente. Mientras me lavaba la cabeza, me acaricié el cuero cabelludo con la yemas de los dedos, como queriendo masajear ideas interesantes en mi mente, fue inútil. Luego me restregué en las axilas el desodorante corriente de mi padre, y reflexioné que todo era ordinario y vulgar en aquel baño y en toda la casa. “Cuando llegará el día que el sueldo de un profesor alcance para mejores cosas” me dije.
Cogí la pasta dental y no encontré por ningún lado mi cepillo de dientes. Recordé que ayer por la tarde la pequeña sabandija de mi hermano había encontrado la prótesis perfecta para el ausente brazo de su cochino y afeminado muñeco “Rambo”.
Ahora comprendo aquella malévola sonrisa, cuando lo hacía pelear con “Conan” y de vez en cuando me miraba. Me enjuagué la boca con agua solamente. “Pequeña rata, cuando aprenderás a respetar las cosas de los mayores,”lamenté.
Fui a la cocina y felizmente encontré mi desayuno bien tapado y “el almuerzo está en la refri, no te olvides de calentarlo. Besos mamá” escrito en una nota. Cogí mis cuatro panes con jamonada, mi enorme taza de avena con leche y fui a sentarme frente del televisor. Lo encendí.

Mientras alimentaba mi humanidad, en la pantalla un tipo con una cara de sapo estreñido, se esforzaba por parecer gracioso y explicar los beneficios del prodigioso método “SOMNICLASES 2004”. Su voz era gutural y parecía que estaba convencido en lo que decía. Salió un número telefónico con letras fosforescentes que se prendían y apagaban intermitentemente. No sé hasta ahora porqué lo hice, pero lo apunté.
“Llama ahora, llama ya, no dejes para mañana el logro de tu felicidad” concluyó el sapo, ensayando una sonrisita estúpida de medio lado. Apagué el aparato y regresé a mi desayuno.Mientras intercalaba mordiscos de mi jamonada y largos sorbidos de mi insufrible avena, comencé a pensar en la manera de conseguir dinero para llamar a ese número. La avena estaba espesa y viscosa en mi paladar, exactamente igual a como estaban mis pensamientos en la cabeza.
Mis ocurrencias eran descabelladas, me decidí por la menos delictiva posible.No quería volver hacerlo pero qué podía hacer. “Cuando el sueldo de un profesor alcanzará para grandes cosas, creo que nunca” susurré.
Hace ocho meses que no teníamos línea telefónica, convirtiendo al teléfono en un adorno más de la sala. Dije que no lo iba hacer más. Pero ya habían pasado dos meses. “Será la última, lo juro”. Encendí la computadora.
La impresora no tenía tinta, y hubiese sido por gusto que lo hubiese tenido, ya que ni siquiera papel había. Así que tuve que apuntar en la última hoja de mi cuaderno la clave de respuestas del próximo examen de Química que tomaría mi padre en el colegio donde enseñaba.
Doce soles no estaban nada mal, si eres un vago que sueles levantarte a las nueve de la mañana, y cuyo único mérito es saber negociar las respuestas de los exámenes, con esa sarta de rufianes, que son los alumnos de tu padre. Felizmente no eran tan estúpidos como para sacarse todos, la máxima nota. Pero nunca se sabe, por si acaso, siempre cambiaba algunas alternativas. No vaya ser que de improviso la clientela sea atacada por un ataque de gula de notas y las consecuencias del empacho lo sufra yo.
Inserté cuatro monedas de a sol. Marqué el número telefónico del cara de sapo y puse todos los sentidos en mi oreja izquierda. Una musiquita hinchapelotas se dejó escuchar en el auricular. Luego de unos minutos, la voz de una mujer que hablaba susurrante, me pedía algunos datos de rigor: como mi edad, mi profesión, si tenía cuenta bancaria, etc. Di los datos de mi padre, obviamente no dije que era profesor de química.
“Bienvenido a SOMNICLASES 2004 –Reconocí la voz gutural del comercial, era el cerdo cara de sapo– sus días de tristezas y frustraciones han acabado, sírvase seguir las instrucciones para que nos permita hacer de usted un hombre feliz. Marque (1) si desea RESPETO, marque (2) si prefiere AMOR, marque (3) si su elección es SABIDURÍA, marque (4) si quiere PAZ, marque (5) si se decide por OBEDIENCIA. Marque (*) si desea que se le repita las opciones, o marque (0) para salir y volver en otra oportunidad.”
De pronto, la voz mamona de la señorita interrumpió: “Inserte cuatro monedas de a sol por favor, si desea continuar con SOMNICLASES 2004”. Tuve que hacerlo. Pensé en las alternativas, debía apurarme.
“El Respeto”, es algo bueno cuando tienes algo porqué inspirar respeto, y yo sinceramente no creo tener nada respetable, sería fundamental tenerlo, podría ser. “El Amor”, es algo que merecería tener uno siempre no importa cómo, ya que es indispensable para ser feliz, también podría ser. “La Sabiduría”, tan difícil de conseguir hoy en día, podría ser también. “La Paz” imprescindible para la convivencia humana, podría ser. Y por último“La Obediencia.”¿Y para qué podría servirme la obediencia? La respuesta es obvia, para exigir todo a todos en esta vida, incluido claro las otras cuatro alternativas anteriores.
Como era de esperarse marqué el cinco.
Nuevamente la voz succionante de la señorita “Gracias por haber preferido SOMNICLASES 2004, el programa de OBEDIENCIA llegará a su hogar en veinticuatro horas. Por favor, Inserte cuatro monedas de a sol por favor, para confirmar el envío. Muchas gracias”. El sonido de mis últimas cuatro monedas deslizándose por la ranura del teléfono, lo confirmaron.
Al día siguiente, un tipo cadavérico de mirada escurridiza y con un gorrito tan ridículo como su uniforme tocaba mi puerta. “Está tu papá” advirtió con una voz igual de gutural que la del comercial. Al notar mi sorpresa aclaró: “Siempre me pasa lo mismo. Sí, si lo es. Es mi voz la que sale en el spot publicitario de SOMNICLASES 2004, el gordo solo mueve la boca. Está tu papá” inquirió.
–No, pero yo puedo recibir cualquier entrega. Tengo quince años –aclaré.
El tipo esquelético perdía su escurridiza mirada por la puerta entreabierta de mi cocina.–Invítame a tomar desayuno y todo arreglado –resolvió.
Me dio la entrega: un miserable CD-ROM con una etiqueta que decía SOMNICLASES 2004, eso era todo. “Falsifica la firma de tu padre en las líneas punteadas” indicó. Sin dudar lo hice, y luego de beberse de un solo trago la avena, se fue llevándose mis cuatro panes con jamonada. Allí comprendí, que cuando esté tan huesudo y hambriento como aquel tipo, miraría a la avena con otros ojos.
Coloqué el CD en la computadora. Una pantalla azul escribía encima “Welcome User 2004”, “maldita sea, está en inglés” lamenté entre dientes, pero como si me hubiesen escuchado apareció una ventana desplegable que enumeraba alfabéticamente algo de treinta idiomas distintos. Hice click con el mouse en Spanish.
De inmediato, reconocí la musiquita hinchapelotas, al tiempo que aparecían las características del programa, los tipos que lo inventaron, y una licencia de varias páginas que no leí por supuesto, pero que tuve que marcar ACEPTO en un recuadro obligado para poder continuar.
Luego, salió un grueso panel que decía: PROGRAMA DE OBEDIENCIA. Salía unas advertencias sobre lo pernicioso del sadomasoquismo y del neofascismo –incluía fotos de hombres con bozal y mujeres encueradas esgrimiendo látigos y videos de masacres de negros y latinos en San Petesburgo- Hice click en NO SOY FASCISTA NI SADOMASOQUISTA y continué.
Por fin las malditas instrucciones:
“El programa SOMNICLASES 2004 de OBEDIENCIA, brinda un archivo de sonido con órdenes hipnóticas que luego de ser escuchadas por el usuario en sesiones de dos horas nocturnas durante diez días. Convierten al oyente, en un ser cuyos mandatos serán irresistibles para cualquier persona (salvo que esta sea sorda o tenga problemas de enajenación severa). Haga click para iniciar la primera sesión”. Me puse los audífonos, hice click al tiempo que me acomodaba en el mueble más cercano. No tardé en quedarme dormido.
Lo continué haciendo en las nueve noches que siguieron. Al comienzo era un fastidio dormir en los muebles con esos audífonos que machacaban mis pobres orejas. Pero me acostumbré rápidamente al dolor de espalda y a un tintilleo de mierda en los tímpanos.
Como ya había pasado el tiempo requerido, quise comprobar si por fin había aprendido a ser omniobedicido. Así que decidí llamar al pequeño bribón de mi hermano, y comprobar primero con él, el poder de mis primeros mandatos incuestionables.
“Limpiarás todos los días tu cuarto y el mío hasta que yo te diga lo contrario” fue la orden. El pequeño rapaz fue de inmediato a limpiar sus cachivaches. A la media hora, su cuarto y el mío parecían habitaciones de convento. El piso lucía brillante como una gran idea y las paredes blancas y limpias como una bendición.
Me dirigí a la cocina, “Seguirás con el pan con jamonada, pero jamás prepararás avena con leche para el desayuno” ordené a mi madre. Salí a dar un paseo, la calle como el clima estaban realmente maravillosos.
Una guapa muchacha sintió el susurro de un mandato mío al oído y de inmediato me estampó un apasionado beso. Le cogí la mano y nos fuimos a una pizzería cercana. Ordené al mozo dos porciones con harto peperoni y dos refrescos de maracuyá bien helados.Obviamente le exigí que no tuviera el atrevimiento de cobrarme. La chica mordía su pedazo de pizza y el queso se estiraba como su sonrisa. No tardó en sorber con su cañita el maracuyá y ponerse romántica “te gusta la poesía” me preguntó. “Diablos” pensé, yo era de los que creían que los versos eran para afeminados. Pensé en alguno, no se me ocurría nada.
Me incomodé mucho con mi ignorancia poética, “te ordeno que imagines el mejor poema que jamás hayas escuchado y que estés tan conmovida que quieras hacer el amor conmigo”.Diez minutos después, le exigía al hotelero de un respetable hostal una respetable habitación con cable y video porno. Pedí una botella de gin con hielo y espejos en el techo porque estaba inspirado. Me sentía un Pablo Neruda minutos antes de recibir el Nóbel.
Llegamos a la habitación y comenzamos a desvestirnos. El cuerpo de la muchacha valía la pizza y los refrescos que le invité. Busqué en los bolsillos de mi pantalón un par de preservativos de rigor.
Le ordené que bailara un poco para mí. La chica me dijo que no sabía bailar ni siquiera bien un vals. Le ordené que imaginara ser la mejor odalisca que jamás se haya visto, y que sin perder más tiempo ejecute para mí la danza turca del ombligo. Cogí de inmediato el intercomunicador y le dije al hotelero que necesitaba música cachonda en el cuarto 203.
Ella comenzó a ondular el vientre, y a sacudir las caderas. Pensé en la buena elección que había hecho, al elegir el Programa de “Obediencia”. Definitivamente con él lo había obtenido todo.
El poder me sonreía, y yo sonreía con él.
De pronto, el auricular se me prendió de la oreja izquierda como si fuera un animal rabioso o algo así. Una mierda de voz me decía que tenía que insertar en cualquier cabina telefónica cuatro monedas de a sol para poder continuar, la reconocí de inmediato: era la voz de la mamona.
Me comenzó a doler terriblemente la cabeza, cada palabra era una punzada, no lo podía soportar. “¡TIENES CUATRO SOLES!” le grité a mi acompañante que no dejaba de contonearse en su baile. “¡MALDICIÓN PERRA, NO ME HAS ESCUCHADO: TIENES CUATRO SOLES!” ella seguía danzando, moviendo las caderas frenéticamente.
Por su parte el auricular, seguía insistiendo. La puta voz era cada vez más exigente, y cada vez más agresiva. No sé de donde subían el volumen. “INSERTE CUATRO MONEDAS DE A SOL POR FAVOR, si desea continuar con SOMNICLASES 2004”. Mi oreja izquierda comenzó a sangrar, sentí que un hilo de sangre corría de mi atormentado oído hacia ninguna parte.
Comencé a retorcerme de dolor, de golpe todo empeoró. Ahora el dolor se duplicó. Eran los dos oídos a la vez, la voz mamona seguía insistiendo en sus cuatro soles. Caí al suelo. Vi los pies de la danzante que seguían en lo suyo, la música era para ella sola, para mí el mismo eco, el mismo sufrimiento ahora doble. Rebusqué por última vez mis bolsillos. No había nada, estaba tan vacío como yo. Ni una miserable moneda, ni una miserable idea. Desesperadamente, comencé a morir.
Pude verme caído en el mueble al lado de la computadora, con los audífonos puestos y con una expresión de horror que más parecía de muerte en el rostro. Mis dedos crispados arañaban la alfombra corriente de mi sala.
No quisiera tener este absurdo final, tan solo por no tener cuatro miserables monedas. ¿Tendrás cuatro monedas de a sol por favor, querido lector?
Enlaces:


"UN ARTEFACTO EN BUENOS AIRES"
Publicado en el libro "Relatos latinoamericanos de Ciencia Ficción"
Fobos Pulsares
Santiago de Chile 2004
Introducción
Es un cuento que trata acerca de la subversión del poder a través de la inmolación. Un hincha de fútbol, venido a menos tiene que enfrentarse al miserable destino de tener relaciones sexuales con su jefe, un obeso y afeminado sujeto que personifica el poder. Gracias a un artefacto que encuentra el protagonista en la calle, puede cambiar o desintegrar a las personas, con este logra cobrarse una revancha contra el poder. Inmolación, pueden llamarle como quieran. Con ustedes un Artefacto en Buenos Aires.

UN ARTEFACTO EN BUENOS AIRES


"Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor..."
Lautreamont


"¡Loco, insensato! ¿Quieres perecer? En vano tienes oídos para oír, o has perdido la razón y la vergüenza"
Homero- La Ilíada.


Caminando por las calles de Buenos Aires, Estéfano Cagna miraba despreocupado a la gente que se le cruzaba en el camino. Su mente por lo común ordinaria, se dio un respiro de imaginación. Uno de aquellos momentos en que hasta la cosa más insignificante reclama su lugar en el espacio, y se yergue auténtica y hasta digna en el universo. Comenzó a idear en su anodina cabeza de transeúnte, situaciones extraordinarias.Se le ocurrió la posibilidad de que toda esa avalancha de figuras humanas, podría ser manipulada a su gusto, gracias a un fabuloso aparato capaz de controlar todos los cambios de fisonomía posible. Pensó en cómo podría ser aquel objeto, y comenzó a imaginar artefactos de insospechadas formas y colores.Estéfano venía haciendo el mismo recorrido desde hace unos veinte años. Ya no era aquel jovenzuelo que con el torso desnudo y la melena larga, esperaba los fines de semana para asistir a los estadios a alentar bombo en mano, al Racing Club de Avellaneda, el equipo de sus amores. Ni tampoco el que entre bromas y miraditas, era rodeado por las muchachas del barrio que le pedían una de los Rolling Stones, y él guitarra en mano canturreaba Anggie, y las chicas, igualito, hasta se parece un poco a él. Ahora el tiempo lo había sorprendido con cuarenta años a cuestas y con todas las razones del mundo para no sentirse orgulloso de lo que era: un simple repartidor de pizzas en moto. Sí, un veterano y algo calvo repartidor de pizzas motorizado. A esto se reducía todo lo que había alcanzado en la vida: un trabajo de mierda en una pizzería de quinta categoría y una calvicie prematura. Eso era todo. Para colmo, ni siquiera el consuelo de la motocicleta los sábados por la noche, ya que no era suya sino del dueño de la pizzería, un homosexual rechoncho que le negó dicho privilegio desde el día que decidió dejar de sumergirse con él en la despostillada y sucia bañera que había en el segundo piso.Este sujeto no sólo estaba pasado de grasas sino también de avaricia. Cada vez que Estéfano salía en la moto, el rollizo dueño antes y después, medía el combustible con una larga vara. Y reloj en mano, cronometraba severamente cada segundo extra de demora.Estéfano recordó la figura que lo esperaba en la pizzería y no pudo evitar traer la imagen, el olor, y los graznidos de aquél tipo, cuando por diez largos e insufribles años tuvo que chapotear con él en aquella sucia y despostillada bañera. Un verdadero cerdo con el perdón de estos nobles animales. Sintió las sobras de pizza que había comido anoche revolverse en su estómago como un gato dentro de una lavadora. Acumuló un puñado de saliva en la boca, que más parecía un sorbo de rabia pura, y dio un puñetazo de escupe en el suelo.


Miró de inmediato su reloj, aún había tiempo, decidió alargar su tradicional recorrido, yendo por otros lados. Quería seguir viendo más figuras humanas y seguir imaginando ese artefacto imposible. Las personas se sucedían vertiginosamente; las habían de todas formas y colores: grandes, pequeñas, trigueñas, blancas, flacas, gordas, etc. Lo que le comenzó a fascinar fueron los rostros, específicamente las narices. Comenzó a tener una rápida habilidad en imaginar sus dimensiones. "La de aquel, debe medir por lo menos unos quince centímetros y pesar fácilmente unos diez gramos. Si tuviera ese aparato, le quitaría un poco del largo para aumentárselo en ancho", cavilaba en silencio Estéfano, jugando a ser un buen Dios o algo así.Se fue acercando al Obelisco. La pizzería estaba a unas cuadras de allí. Las avenidas, literales ríos de autos y microbuses, serpenteaban alrededor del empinado edificio como si estas fuesen, las arterias principales de un desesperado corazón. Se le ocurrió ver al Obelisco como un enorme y puntiagudo corazón en forma de nariz. Sí, una inmensa nariz capaz de esnifarlo todo, pero incapaz de devolver algo importante. Sólo de vez en cuando una miserable porción de mucosidad en el asfalto después de algún estornudo. Consuelo para los despistados, que ven en ello una hazaña y el momento propicio para usar sus lamentables pañuelos.De golpe, sintió el artefacto en una de sus manos. Fue cuando los acontecimientos que lo asaltaron, desencadenaron en absurdos. La idea del artefacto lo dominó por completo, ahora no era una alucinación, era una realidad: lo estaba empuñando. El delirante aparato era capaz de transformar a cualquier persona en lo que sea. Esto último lo sabía, sin saber si lo había leído o escuchado antes. O quizá lo hubiese imaginado o soñado. Lo cierto era que simplemente lo sabía, y eso era lo que contaba por el momento.Estéfano, extraviado en su alucinación, no se preocupó en contenerla. El artefacto era en tamaño, poco menos que un teléfono celular. El suyo era color naranja, pero se le ocurrió que podría haber de otros colores. Su forma era oval, y su peso era casi imperceptible. Tenía cuatro botones de distintos colores: rojo, amarillo, verde y azul. A su vez, cada botoncillo contaba con una pequeña inscripción en letras negras, que anunciaba sucintamente la función que cumplía.El rojo decía "ON" y servía para encenderlo. El azul decía "OFF", y se usaba para lo contrario. "Rojo para prenderlo y azul para apagarlo", repitió Estéfano como para no olvidarlo. El botón amarillo escribía encima de sí "ENTER" y era el que iniciaba la función. Servía para transformar total o parcialmente a una persona, e incluso, convertirla en cualquier cosa. Se le podía agregar, quitar, aumentar, o achicar lo que sea. En algunas ocasiones se la podía desintegrar por completo si el caso lo ameritaba. Estéfano pensó de inmediato en el seboso homosexual que lo esperaba.Por último, el botón verde que llevaba inscrito "STOP", y que servía para lo opuesto del anterior. Ya que con presionarlo, todo lo modificado quedaba en nada, regresando a su estado originario. Siempre y cuando, no se haya elegido la desintegración por completo, ya que en este único caso, la situación era irreversible. Así de simple era todo. Estéfano de golpe, pulsó el botón amarillo "ENTER" al frente de un policía de tránsito. De inmediato apareció en la pantalla del aparato, el cuerpo del policía. Luego eligió su parte preferida: La nariz. Automáticamente apareció en la pantalla un recuadro: "agrandar", "reducir", "cambiar", "desintegrar". Estéfano presionó "reducir". Como por arte de magia, el policía lucía ahora una nariz de perro pequinés enfadado. Dándose cuenta de la poca ayuda que había realizado, quiso remediar su error, presionando "agrandar". De pronto, si hubiera sido posible traer a Cyrano de Bergerac al lado de aquel uniformado, hubiera parecido mas bien ñato. Angustiado, Estéfano buscó la tecla salvadora: el botón verde que decía "STOP". Todo artefacto que se precie de bueno tiene que tener la tecla de "STOP"; en buenas condiciones. Recordemos que toda locura se vuelve tal, cuando pierde o deteriora el botón de "STOP". Y para felicidad y tranquilidad de Estéfano, su aparato lo tenía. Sin pensarlo dos veces lo presionó. Salió una ventana pequeña que brindaba cuatro opciones: "parar último cambio", "parar todo", "regresar al menú anterior", "regresar al menú principal". Estéfano eligió "parar todo". Gracias a ello, el policía de tránsito recobró su apacible nariz porteña, que consiste en ser un poco más grande de lo normal, pero sin llegar a ser inmensa.Luego de unos minutos más de caminata hacia cualquier lugar, Estéfano pulsó "ENTER" al frente de una atractiva señorita que cruzaba despreocupada la pista. Como en la anterior vez, apareció en la minúscula pantalla, el cuerpo de la mujer. Estéfano, sonrió. Su índice buscó la parte de la blusa. De inmediato, apareció en la pantalla el recuadro de: "agrandar", "reducir", "cambiar", "desintegrar". Estéfano presionó "desintegrar". En menos de lo que tardó Estéfano en sorprenderse, la atractiva mujer se difuminó por completo de la calle. No lo podía creer, él solo quiso quitarle la blusa por un momento nada más, no desaparecerla por completo. Maldijo el aparato una y mil veces, y si no lo destrozó en ese momento, fue porque tuvo el presentimiento de necesitarlo para algo importante más adelante.Estéfano quiso retroceder lo hecho, sus dedos buscaron desesperados el botón "STOP". El maldito botoncillo verde, no podía remediar nada. Salió un mensaje en la pantalla: "Lo siento, acción inválida, la desintegración es irreversible."; "Maldita porquería, ¡cómo que irreversible!", recriminó al aparato como si este pudiese escucharlo. Lo presionó varias veces. Varias veces salió lo mismo en la pantalla. Indignado, Estéfano comprendió lo peligroso de desintegrar a las personas. Y lo estúpido que suele resultar arrepentirse después de ello.Cotejó su reloj. Faltaban tres minutos para las ocho. "Imposible llegar a tiempo al laburo", recapacitó. Pensó tomar un taxi. Pero al revisar sus bolsillos, comprendió que no tenía lo suficiente para pagar la carrera. Decidió convertir al primer sujeto que encontrara en un auto o en cualquier otro vehículo para poder llegar a tiempo. Pero con la promesa de volverlo después a su estado original.Alistó su aparatito anaranjado. Observó que un tipo con anteojos y chaqueta azul se aproximaba. "Si dice que es hincha del Racing, se salva", se dijo para sí, inesperadamente.

—Eh che, disculpá. ¿Hincha de qué equipo sos? —preguntó Estéfano.—Del Racing —respondió el tipo sin detenerse.—Suerte para vos —dijo entre dientes Estéfano. Al tiempo que venía un niño como de diez años por la acera.—Eh pibe, ¿hincha de qué equipo sos?—Del Racing, señor —Respondió el niño y siguió su camino.Casi de inmediato, un señor tan calvo como Estéfano, pasó frente de él. La misma pregunta. Y la misma respuesta ocho veces más. ¡Diez personas hinchas del Racing! "Es una locura. Parece que estuviéramos en la misma Avellaneda", pensó Estéfano. —Con razón los estadios están vacíos cuando juega la academia, todos están en las calles—. En eso, pasó un jovenzuelo con un polo del Boca Juniors. "Definitivamente este será" predijo Estéfano.—Eh pibe, ¿hincha de qué equipo sos?—Del mejor del mundo, tío —Respondió sonriendo el muchacho.—Y podés decirme ¿cuál es el mejor del mundo?—Claro che, Racing Club de Avellaneda. —El joven comenzó a reírse.—Tenés un polo de Boca y me decís que sos hincha de Racing. ¿Acaso me estás cargando?—Pero viejo, sos boludo o qué. Se supone que soy hincha de Boca, sino no llevaría puesto esta camiseta. Además Racing es un equipo de cojos. Sus hinchas en vez de arengas deberían lanzarles muletas a los jugadores...—Te daré una lección pibe malcriado —Amenazó Estéfano al tiempo que manipulaba su aparato anaranjado.—¡Tomátela viejo de mier...! —El joven no pudo terminar de completar su frase. Estaba convertido en una motocicleta azul granate.Sin perder más tiempo, Estéfano subió a la moto y se dirigió al trabajo. Llegó a la pizzería con media hora de retraso. Maldijo el destino y pateó un par de veces a la moto. Iba entrar, cuando recordó que tenía que regresar a su forma original al malcriado muchacho.Sacó su aparato y lo encendió frente a la moto. Pulsó el botón "STOP", al tiempo que elegía la opción "parar el último cambio". De inmediato, el chico recobró su forma humana, y partió de aquel lugar a la carrera, pero algo cojeando por las anteriores patadas.Estaba por entrar, cuando observó al dueño de la Pizzería desparramado en su acostumbrado asiento viendo la televisión. Era temprano, no había clientes, era la oportunidad de deshacerse de él, de desintegrarlo por fin para siempre, tenía su aparato para ello. Lo sacó.Manipuló el artefacto, y cuando la tuvo reducida en imágenes. Marcó sin pensar la opción "Desintegrar". El aparato comenzó a vibrar y en seguida se vio el siguiente mensaje en la pantalla: "La opción desintegrar ha sido desactivada hasta nuevo aviso."De pronto, el jamonudo sujeto apagó el televisor y manoseó un artefacto rosado, igual de raro del que supuestamente sólo él tenía conocimiento. Eso sí que era inadmisible. Estéfano no lo podía creer. Quizá era el control remoto de la televisión. Sí, eso debía ser. Decidió acercarse más a la ventana y finiquitar sus sospechas. El dueño de la pizzería no lo podía ver porque estaba de espaldas. Estéfano se concentró en la visión del aparato. Era cierto, a excepción del color era igual al suyo: cuatro botones: rojo, amarillo, verde y azul, y con las mismas letras negras que decían lo mismo: "ON", "OFF", "ENTER", "STOP".El tipo de pronto volteó. Y como si lo hubiese visto desde el inicio, "Pasá pibe, y dime que me querés"; exigió. —Para mí siempre serás un cerdo. Jamás te querré. —Respondió con crudeza Estéfano, mientras sentía el gato en su estómago volver a revolverse.—Acaso, no lo ves che —dijo él casi llorando, gritándole a las lunas que los separaban—. Yo he inventado estos artefactos para nosotros. Para corregir nuestros defectos y ser felices. Y como sé que vos me detestás, acabo de desactivar para siempre la opción "desintegrar". Utilizá tu artefacto y transfórmame en lo que quieras. Mira yo también tengo uno. Sé que vos siempre has querido más cabello, esperá. El obeso sujeto comenzó a teclear su extraño aparato rosado. De inmediato, Estéfano comenzó experimentar un violento crecimiento capilar. El otrora melenudo volvía otra vez. Estéfano no pudo ocultar su satisfacción. Concedió una sonrisa y cogiendo su aparato, le devolvió la cortesía a su rollizo mentor, quitándole cuarenta kilos de golpe. Él sonrió también.—Nene, cerremos el negocio y juguemos un poco arriba—, amenazó el tipo con su nueva figura, sus ropas parecían globos desinflados—. Así con el cabello largo has recobrado la pinta, estás igualito a cuándo te conocí en el estadio... vamos che, pongo en el estéreo a los Rolling y vos me movés el culito como Mick Jagger...—. Se acercó a las persianas y las corrió. Estéfano entró al local, y cerró con seguro por dentro. Subieron al segundo piso y de inmediato el tipo comenzó a quitarse los globos desinflados del cuerpo. En un descuido, Estéfano ocultó el artefacto del dueño de la pizzería y el suyo en los bolsillos. —Esperá un momento —dijo Estéfano—, tenés un papel y un lapicero. Quiero darte una pequeña sorpresa. Quiero escribirte algo.—Acaso un poema, corazón.—Algo parecido. —Acaso un poema, corazón.—Sí, espérame un ratito. —Estéfano entra al baño. El dueño de la pizzería ya está desnudo, busca algo entre sus ropas.—No encuentro mi artefacto, quería agrandarme algunas cositas...—. Murmura más marica que nunca—. ¡Amor has visto mi artefacto! —grita con voz de tenor desacreditado.Desde dentro, ¡no, creo que se ha quedado abajo! —No importa —pone en el estéreo "I can´t get satisfaction"—. ¿Te gusta nene? —la voz de tenor se alarga como goma de mascar hasta el baño.—Si —responde Estéfano.—Andá llenando la ducha Estéfano, ahí me movés el culito como el Jagger, ¿subo el volumen? —invita y comienza a tararear el coro de la canción.Al escuchar la invitación, los rasguños de las sobras comidas anoche, volvieron nuevamente como gato desquiciado en el estómago de Estéfano. Se sentó en el excusado y comenzó a defecar mientras escribía algo en el papel. Pasados unos minutos, se oyó llenarse la bañera. Estéfano comenzó a manipular su artefacto. Luego, se dejó escuchar un chasquido como si rompieran algo. Afuera los canturreos seguían.Al minuto, una hoja de papel se deslizaba debajo de la puerta del baño. El dueño de la pizzería, entusiasmado y ansioso a la vez, la leyó de inmediato: "Para que vos sientas lo mismo que yo sentí durante diez años..." Intrigado abrió la puerta. A un lado del lavabo, los dos artefactos completamente destruidos. Caminó unos pasos y descorrió la cortina de la bañera. Dentro de ella, en un mar de orines y mierdas flotantes, un cerdo chapoteaba apaciblemente.

© Pedro Félix Novoa Castillo Escritor peruano que con este cuento obtuvo la 2da Mención en el Concurso de cuentos de Ciencia Ficción del Fanzine FOBOS Púlsares 2004 en Santiago de Chile.
Fallo del concurso:
http://www.iespana.es/fobos/FBConcurso2004F.htm
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